Las carencias de la comunicación científica

La Jornada “Comunicar la neurociencia” que tuvo lugar ayer en Zaragoza, convocó a científicos, ingenieros y periodistas que divulgan, o quieren que se divulgue mejor, la neurociencia, un campo en el que, debido a lo enigmático del órgano del que se ocupa, hay bastante ruido y confusión (las neuroficciones que mencionaba Ignacio Morgado).

Por la mañana, los científicos congregados (Alberto Ferrús, Xurxo Mariño, Luis M. Martínez Otero, Ignacio Morgado y Javier Mínguez, ingeniero) reflexionaron sobre lo que se sabe y lo que aún se desconoce sobre el cerebro. Además, Javier Mínguez nos presentó la máquina de mejora cognitiva desarrollada por la Universidad de Zaragoza.

Por la tarde, se mostraron ejemplos excelentes de divulgación: “El mal del cerebro”, de Antonio Martínez Ron y La Información; la Big Neurona, con Ricardo Domínguez; “Envejecer con lucidez; construyendo la reserva cognitiva”, de María Teresa Fernández Turrado; el teatro de marionetas “Cajal, el rey de los nervios”, de Adolfo Ayuso; la aplicación móvil para donar tu risa a la ciencia del Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud, explicada por la investigadora Raquel del Moral; o las vicisitudes con las que se ha topado Mara Dierssen en su vertiente de divulgadora científica.

En lo que respecta al debate (pequeño, no se llegó a profundizar) sobre qué es lo que falla en la divulgación científica de nuestro país, mi opinión es que, a falta de blancos y negros, hay carencias en todos los niveles. Sí es cierto que algunos científicos desconfían de los medios o no ofrecen la información de manera adecuada; sí es cierto que muchas veces los medios buscan el titular sensacionalista o se precipitan al redactar las noticias de manera superficial o directamente errónea, sin sentarse a comprender la investigación de la que hablan. Pero también me parece cierto, siempre en mi opinión, que el ciudadano de a pie tiene una visión en la que, de la ciencia, solo son relevantes los resultados. Tiende a considerar que el objetivo de la ciencia consiste en explicar los porqués del universo y la realidad, pero sin una percepción consciente de que en la búsqueda de esas respuestas es en lo que ocupan los científicos la mayor parte del tiempo. La responsabilidad de que quienes están leyendo la noticia se acostumbren a esta perspectiva y lleguen a apreciar los caminos por encima de la metas, corresponde por igual a científicos y periodistas.

Lo ideal sería que los medios acogieran un flujo constante de información científica, no solo de los hallazgos, sino también de los procesos, que son tan apasionantes como los resultados en sí. Un goteo constante, semejante al que disfrutamos en momentos históricos concretos, como la llegada del Curiosity a Marte, que ha tenido a los medios entretenidos durante unas semanas (aunque aquí siguen entrando en juego los criterios periodísticos de lo actual, lo novedoso y lo espectacular).

¿Por qué buscar al científico solo cuando “ha descubierto algo”? ¿Por qué no establecer colaboraciones activas y permanentes? ¿Por qué no visitarle en el laboratorio, en el hospital, allá donde esté, un día cualquiera de un año cualquiera de su investigación, para interesarse por lo que hace, los instrumentos que utiliza, los métodos que pone en práctica, los dilemas que surgen, lo que se averigua de forma adicional? ¿Por qué no hacerlo de manera habitual, en lugar de que sea algo extraordinario para un trabajo periodístico de gran magnitud (como el ya mencionado de “El mal del cerebro”)? ¿Por qué no va a permitir el investigador que esto suceda?

Dudo que estas dinámicas creen falsas expectativas y, en cambio, podrían acercar como nunca el día a día de la ciencia a todo el mundo.

Menos mal que hay AVE. Les vi en streaming en Naukas Bilbao, pero valía la pena quedarse un poco más que las personas que me llevaron a Zaragoza, para verles en vivo. Mi recomendación para lo que queda de 2012 es invertir una hora en ver (a ser posible, en directo) el “Discurshow (Protón, la atribulada existencia de una partícula inmortal… o casi)”, de Xurxo Mariño y Vicente de Souza.

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