¿La falacia de los 8,7 millones de especies?

Hace unos días, periódicos de todo el mundo recogían la estimación de que hay alrededor de 8,7 millones de especies en el planeta. John Wilkins, historiador y filósofo de ciencia, cuestiona en su blog “Evolving Thoughts” el procedimiento empleado para llegar a esta estimación. Traducimos su artículo a continuación:

Imaginemos que un investigador de juguetes quiere contabilizar cuántos tipos de juguetes hay en el mundo. Como es una información no registrada, el investigador debería considerar los usos de los juguetes, las cifras de ventas o los diseños registrados en las oficinas de patentes y marcas. Lo que no esperaríamos que hiciera sería contar el número de tipos sobre los que han escrito el investigador y sus colegas, porque lo que este estudio arrojaría sería el tipo de juguetes que los investigadores han descrito y encontrado interesantes.

Sustituyamos “investigador de los juguetes” por “taxonomista” y “tipos de juguetes” por “especies”. Ningún taxonomista intentaría estimar el número de especies del mundo en base a lo que los taxonomistas han recopilado y cómo lo han hecho, porque esto sólo nos revelaría las actividades y predilecciones de los taxonomistas, ¿verdad? Error.

Los taxonomistas sufren de cierta enfermedad congénita: es muy común, aunque no lo suficientemente extendida como para poder encontrar profesionales que la eviten. Esta enfermedad es la falacia de la cosificación [o reificación]. En líneas generales significa: si hay un nombre para algo, tiene que haber una cosa para ese nombre.

La falacia de la cosificación se aplica en abundancia en un nuevo paper que ha tenido una gran difusión en prensa: “How Many Species Are There on Earth and in the Ocean?” [“¿Cuántas especies hay en tierra y en los océanos?”]. Los autores aplican la siguiente técnica: observar el número medio de especies incluidas en los mayores grupos taxonómicos de la clasificación linneana, aquéllos donde tenemos muchos conocimientos sobre las especies, y extrapolarlo a las especies desconocidas. Si hay nombres para esas categorías linneanas, tienen que ser cosas reales, ¿no?

Sin embargo, cuando sí conocemos las especies reales que hay en un grupo (por ejemplo las aves, porque son más o menos de nuestro tamaño y es difícil pasarlas por alto), podríamos muy bien clasificar el número de especies en grupos de aproximadamente el mismo tamaño, porque nos viene bien hacerlo así. Pero no podemos extrapolar esto a los grupos desconocidos. En suma, como un crítico ha dicho, estamos midiendo la actividad humana, no el mundo biológico.

¿Por qué nos conviene tener un número parecido? Hay varias razones: una es la propia justificación de Linneo: facilita la enseñanza y el aprendizaje. Otra es que discriminamos aproximadamente la misma cantidad de “semejanza” basándonos en cuán profundamente hemos estudiado un grupo, por lo que tenderemos a hacer agrupaciones destacadas que coincidan con nuestra disposición académica. Una tercera razón es que algunas especies tienen mayor valor económico y agrupaciones semejantes sirven a este propósito. Etcétera…

El sistema de clasificación linneano es maravillosamente elástico y adaptable. Cuando Linneo propuso sus cinco categorías (especie, género, clase, orden y reino –la familia y el phylum en zoología y la división en botánica fueron añadidos mucho después–), creyó que podrían cubrir fácilmente la diversidad de la vida, tanto la conocida como la aún por descubrir. Al cabo de un siglo la clasificación se había disparado a 25 categorías y hoy en día hay muchas más.

Lo que es peor: estas categorías, además de convencionales, son arbitrarias. No se puede comparar la categoría de “familia” entre los felinos con la de las rosas, por ejemplo. Tienen diferentes significados y extensiones. Por supuesto, si se toma un grupo (por ejemplo, los eucariotas, que no son sino una rama de un árbol mucho mayor) se obtendrían categorías similares y proporcionales, simplemente porque las taxonomías están siendo elaboradas por las mismas personas, así como el hecho de que los grados de diferencia utilizados se desarrollarán de modo parecido en cada subcategoría. Pero eso es todo. Términos como “phylum”, tan ampliamente utilizado como una medida de la diversidad del “patrón anatómico”, carecen de significado esencial, salvo como señales de lo que el investigador considera importante. En suma, las categorías hablan de nosotros, no de las especies.

Una vez escribí que una de las principales críticas a la concepción de las especies “biológicas” (más bien, a la del aislamiento reproductivo de las especies) es que, si se adopta, la mayor parte de la vida será excluida del agrupamiento en especies. Me refería, por supuesto, a la vida microbiana, en su mayoría no eucariota. Resulta que los microbios han sido excluidos de este estudio. La cifra de 8,7 millones de especies falla por no incluir la que seguramente es la mayor cantidad de biodiversidad del mundo. Sospecho que esto tiene que ver con el sesgo macrobiano de los autores (“reinos de la vida en la tierra” parece no incluir a los microbios, que según ellos indican son difíciles de identificar. Parece ser debido a que la mayoría de los microbios no se pueden aislar en laboratorio, por lo que no pueden ser secuenciados con facilidad).

Las cifras finales carecen de relevancia, salvo para decirnos qué podemos esperar si los taxonomistas continúan haciendo lo que hacen. Creo que esto es interesante, pero difícilmente constituye un hecho objetivo sobre el planeta. Igualmente podríamos estar catalogando juguetes.

En una nota más constructiva, en este paper podemos leer un útil resumen sobre cómo los microbios, concretamente las bacterias pero también las arqueobacterias, comparten genes, tanto como plásmidos (pequeños bucles de ADN) como entre cromosomas. A pesar de esta habilidad para introducir novedades (el autor indica que en la mayoría de los microbios se produce tanta transferencia horizontal como mutaciones), los microbios aún no forman grupos reconocibles, ni siquiera filogenias. La existencia de sexo no es una condición necesaria para convertirse en especie, ya que los microbios carecen de lo que llamamos sexo (o género) y aún así comparten genes a través de amplias distancias evolutivas.

Además, un libro muy bueno sobre las cuestiones filosóficas que plantea la biodiversidad es What is biodiversity? [¿Qué es la biodiversidad?], de Jim Mclaurin y Kim Sterelny.

John Wilkins, “Counting species” (26 de agosto de 2011)

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